3.15.2012

Domingo Henares

Domingo Henares ha prologado el libro "Prosas de Alcandora"

3.06.2012

Norderney


- Norderney -
Por Martín Giménez Vecina


Como el aire de los suenos que recrean nuestra imaginación, así son los huecos de nuestras consideraciones humanas, en todos los momentos de nuestra vida. Estoy en un lugar de la vieja Europa, en un país de los más avanzados y modernos, en el que parece que se ha trascamundeado el orden moderno de las cosas y que los instantes se detuvieron mucho tiempo atrás; en un pueblecito moderno y cargado de esas características técnicas del moderno turismo, que al mismo tiempo conlleva la gracia y el color de una paz y sosiego inimaginables. Como de cuento de hadas.-.
Nadie diría que en la avanzada Alemania, en una singular isla llamada Norderney, parezca que la vida, -en el orden gregario-, se encuentre estabilizada en esos maravillosos parámetros de la tranquilidad, del sosiego, del raciocinio llevado a los puntos concretos de la lógica. Situada en el noroeste germano, formando parte integrante del archipiélago de las Islas Ostfriesland, nos parece que, dentro de sus límites, todo es concrección de convivencia, con una plácida relación humana, educada en el sencillo gozo, -inimaginable en estos tiempos-, de caminar o pasear por sus calles y no encontrarte con ningún vehíiculo a motor, a excepción de algún furgón que transporte de la manera mas discreta cualquier perentoriedad. Un lugar donde, dadas las ocho de la tarde, no pueden circular vehículos a motor, puesto que está prohibido por las ordenanzas municipales. Cualquiera puede imaginar la felicidad de pöder meterte en la cama a dormir, sin el temor a que te rompa los tímpanos cualquier escape libre de las motocicletas o, el bramido brutal de los acelerones de cualquier automóvil de un conductor insensibilizado al respeto de los que reposan.
Aquí todo es distinto, singular, deliciosamente anacrónico, cuajado de esa sencilla y grandiosa, a la vez, armonía que, cuando anega nuestro sentimiento, nos produce ese maravilloso estado de paz. Como en aquellos tiempos de los cuentos de hadas que nos narraban nuestros mayores, bien al arrimo de las sombras, -en el verano-, bajo los cálidos sopores de las primeras horas de la tarde o, sencillamente acogidos a la cálida terneza de las faldillas de la mesa camilla, en los atardeceres del invierno.
Asomarse a contemplar la bravura de éste Atlántico del Norte, en los días de marea encrespada, o deleitarse en la plácidez del oleaje de sus playas, en los días de sol abierto, rutilante y amplio, es una auténtica expresión de gozo. Aqui, la sana inteligencia del hombre ha procurado, con sus técnicas bien calculadas, que la fuerza de los elementos nat urales no pudieran destruir parte alguna de la isla, dotándolas de unas defensas valiosas que repercuten, a la vez, en mejoras ostensibles y armónicas, de sus naturales hermosos lugares. Paseos marítimos cuajados de sencillez, conjugados con la estética personalísima de sus edificios, ponen la nota cosmopolita en toda el área de utilidad de sus costas. Sin obviar en ningún momento la encrespada y sencilla naturaleza de sus playas, aptas para el disfrute de sus aguas, con la paz y la armonía que las caracteriza de manera muy personal.
Sus edificaciones son plácidamente consonantes con la idiosincrasia del lugar. Casi todas las viviendas, -la mayoría-, son unifamiliares. Rodeadas de sus cuidados y armónicos jardines, ofrecen esa característica de la pulcritud, el aseo, el gusto por la independencia, el sabor de la intimidad. Y se palpa en el ambiente, la educación vivencial que les imprime la personalidad de saber vivir y dejar vivir. Hay colorido en sus horas y azul cielo en sus descansos, música wagneriana en sus obras y nanas schubertrianas en cada una de sus horas de reposo. Y en sus viviendas, entre todo el lógico y natural tráfago de los quehaceres, de las lógicas vivencias diarias, se palpa el sabor de sus modos ordenados y el gusto por el orden y el concierto. Las gentes lugarenas son sencillas y agradablemente amenas, siempre concordantes con el momento y las circunstancias del mismo.
Hay una característica muy personal en estas latitudes germanas. Desde Norden, -punto final del recorrido de ferrocarril desde Dusseldorf-, hasta esta isla, hay una serie de islotes o bancos de arena prominentes donde habitan una gran cantidad de “perros de mar,“ una especie de plácidas focas de estos mares de mareas pronunciadas. Estas suelen producirse tres veces al día, bajando las aguas de manera tan ostensiblle que permitirían ir caminando desde aquella localidad hasta la isla, aunque sabiendo hacerlo y previniendo siempre de manera idónea y adecuada, -según me cuentan los ancianos nativos-, la aparición de la marea alta, que sobreviene de manera rápida e inesperada.
El símbolo o emblema de la isla es, precisamente, ese perro de mar cuyas efigies, en sus mas variadas expresiones y formas, se venden como recuerdos en las tiendas de la localidad, amén de fotografías de la isla con sus aspectos mas turísticos, sus coloridos, y esa belleza armónica que la define y la caracteriza como una sorpresa muy agradable y deliciosa para el turista que la visita.